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Paco Audije

Paco Audije

Federación Internacional de Periodistas (FIP) + Broadcasting Experts Group (BREG)

Miembro del Comité Ejecutivo de la FIP y del BREG

Domingo, 01 Noviembre 2020 10:36

RTVE, 1988 : un corte de señal (y de mangas)

Un libro de épica sindical escrito por un soriano de Nepas: «El corte en RTVE. Así arrancó la huelga general 14-D-1988», que ese es su título, está escrito por Jaime Martínez. En cierto modo, es también un manual detallado para uso directo y proactivo de posibles huelguistas en no importa qué sector.
Su propia historia merece un libro porque antes que periodista y sindicalista, Jaime Martínez fue niño-campesino y agricultor. Después, radiotécnico y otros oficios: el de Nepas es un producto típico de la emigración interior. Quizá el fenómeno principal –raramente reconocido como tal- de transformación de España en el siglo XX. Se habla más de sus consecuencias que de sus causas, que fueron referidas sobre todo en la literatura española del siglo XX mucho más que en la historia sociológica del país.

En todo caso, el soriano de Nepas no ha hecho un texto de ficción -excepto algunas líneas divertidas- sino un detalladísimo –y muy trabajado- relato. Al menos, para quienes participamos en aquella gran lucha-fiesta que fue la huelga general de 1988. Porque las huelgas pueden resultar muy amargas, pero también lo contrario si tienen éxito en su desarrollo y en sus objetivos. La de 1988, fue de estas últimas. Por eso, hay que recordarlo porque cuando se afronta un período de reivindicaciones sociales –siempre incierto- hay que recordar las que tuvieron éxito para contrarrestar los desencantos de las perdidas o fallidas.

En la oficina del Presidente del Gobierno, tras requerir distintas informaciones de control, informes urgentes de la situación, etcétera, habían llegado a la conclusión de que en RTVE habría huelga, quizá, parcial, más o menos seguimiento del paro, pero nunca lo que hubo: todas las pantallas del país se fueron a negro, como se dice en el argot de la tele.

PORTADA HUELGA RTVE

Jaime Martínez levanta de nuevo el ánimo de una manera que resulta apasionante. Y lo hace de modo sindicalmente ortodoxo, a ratos, y, otros, de manera que parece una novela de suspense. Por ejemplo, en la descripción de los huelguistas aislados entre las cumbres de Navacerrada. Descerrajaron a quemarropa, y mantuvieron después contra viento y marea, una monocorde carta de ajuste desde 2258 metros de altitud, en el pico llamado Bola del Mundo. Al lado, permanentemente, había un pequeño destacamento de la Guardia Civil, responsables de la vigilancia de las instalaciones y de aquellos lugares. Un guardia vigilaba el interior de la instalación. Estaba junto a los trabajadores en huelga. Ellos recuerdan sus secas respuestas ante varias llamadas que recibió aquella larga noche:

-No, mi comandante, ningún problema; los técnicos no hacen nada, solo que están en huelga. …/…

Y un rato después:

-Negativo, mi coronel -decía el cabo-, muy tranquilo. …/…

-Negativo, nada de refuerzos, sin novedad, mi coronel.
La descripción del cambio de turnos allí –uno más bien pro-UGT, los otros más bien afiliados de CCOO- es la siguiente :

El relevo se hacía entre las diez y diez y media de la mañana. Un auto los recogía en Madrid y los subía hasta el puerto. Desde allí parte una calzada de hormigón que llega hasta arriba. Para los tiempos de nieve disponían de una máquina-oruga, ‘la tanqueta’, en la que cabía una quincena de personas. Algunos días de invierno con nieve y niebla, que no se veía un palmo, desaparecía esa calzada. Entonces entraba en acción Mario Morales, que además de hacer un poco de todo en la instalación, era natural de Cercedilla, montañero, alpinista, un sherpa, que atado a la máquina con una cuerda atada con plásticos colgantes para saber que estaba tensa, iba señalando el camino…

El personal cree que es agarrar el mando a distancia y nada más. Pues no, ahí queda esa muestra del sherpa Mario Morales.

Aunque el momento clave de aquel día legendario es la invasión del vestíbulo de Torrespaña por parte de un piquete de cuatrocientos trabajadores y el corte de la señal mientras se emitía el telediario.

Susana Iglesias, la secretaria, que controlaba el autocue con los textos previstos, le tuvo que decir a la presentadora, Olga Barrio : « No sigas leyendo que han cortado ». Un corte de mangas sonoro a una de esas malditas reformas laborales y de las pensiones, que resurgen periódicamente como mosquitos venenosos.
Aquella noche, los del piquete habían ido gritando desde el fondo de la entrada en Torrespaña una cuenta atrás para animar a quienes tenían que asumir (muy personalmente) la responsabilidad del corte. Con riesgo de ser despedidos.

El autor estructura su libro por capítulos con los números de aquella cuenta atrás. El comité de huelga había dado instrucciones para que todos se levantaran al ser la medianoche y dejaran el equipamiento técnico sin más. Para que no se pudiera culpar a nadie de sabotaje.

Pero una serie de circunstancias llevaron a un par de huelguistas –anónimos, entonces, bien precisos en el texto de Martínez- a asumir la culminación de aquella cuenta atrás.

¿Y por qué aquella huelga general ? Ah, me olvidaba casi. Porque el gobierno de Felipe González impulsaba una reforma laboral que –digamos- empezaba la senda de la precariedad mucha más dura que llegaría después. Abaratamiento del despido y temporalidad mayor para los contratos más jóvenes, sobre todo.

El punto que más impulsó la huelga promovida por CCOO y UGT fue un plan de empleo juvenil que había previsto un Consejo de Ministros a finales del mes de octubre. Estaba «destinado a jóvenes de entre dieciséis y veinticinco años, por el salario mínimo interprofesional, una duración de entre seis y dieciocho meses y exenciones en las cuotas de la seguridad social para los empresarios». Vamos, un clásico de la nueva (entonces) época neoliberal.

Todo eso está en el libro del de Nepas. También que el ministro José Luis Corcuera, de Interior, hizo kilómetros con su escolta para tomarse un bocadillo el día de la huelga y no pudo encontrar un bar abierto. Unos ocho millones de huelguistas siguieron convencidos la indicación principal de los sindicatos: el corte de la señal de TVE en Torrespaña. En aquel entonces, ya había algunas cadenas autonómicas, pero aún no televisiones privadas de modo que la tele pública todavía era “la tele” sin más. A lo grande.

En "El corte en RTVE" discurren al detalle, las demandas de algunos miembros del Gobierno de entonces, la lejanía de Felipe González, los controles técnicos y los políticos, la honestidad y las contradicciones personales de Pilar Miró, quien era directora de RTVE, ya dimisionaria y acosada por el doble frente de la oposición y de los guerristas del PSOE.

A quien firma esto, y como testigo de varias ocasiones similares en Torrespaña, le resulta divertida la descripción de los jefes y encargados (enviados por los políticos) que se acercaron antes para hacer preguntas del tipo, ¿esto cómo funciona? ¿Quién se ocupa de qué? Ingenuos e ignorantes. No les sirvió de nada.

TVE negro impulso huelga general

Jaime recuerda minuciosamente a los directivos (algunos fallecidos) y a la clase política de entonces. Y ha recuperado el rastro de muchos trabajadores de hoy, o de entonces, que llevaban -o aún llevan- a cabo tareas imprescindibles para que los demás, los telespectadores, botoneen en sus casas para subir el volumen o para cambiar de canal. Muchos son sherpas como el compañero que se ataba la cuerda para que no se perdiera nadie en la senda nevada de la Bola del Mundo.

En lo que me concierne, y conste que mi papel de huelguista fue fiel, aunque un poco punk y de antihéroe total, he disfrutado otra vez con aquel corte de señal que fue un corte de mangas al poder. En Radio Nacional de España, es decir, en Prado del Rey, fue más de lo mismo:

– Al aproximarse las doce de la noche, Corral cogió un rollo de cinta que tenía solo música y lo puso a punto. En el Estudio, al otro lado del cristal, estaba Javier Arenas, editor y presentador del informativo Última Edición, que terminaba a las 00,30 que estaba avisado por los propios técnicos que se unirían a la huelga. Arenas metió poco antes de las doce una crónica desde Ginebra que daba cuenta de la intervención de Yasser Arafat en la sede de la ONU, y retomó el micrófono cuando faltaban ocho segundos para las doce con estas palabras.: ‘Por lo demás, las medidas de seguridad que ya anunciábamos ayer en la Última Edición continúan siendo realmente intensas en torno a…’ En la sílaba ‘ten’ de ‘intensas’ sonó la primera señal horaria y Martínez [otro Martínez] bajó a cero el potenciómetro (regleta en la jerga técnica) dejando casi inaudible el resto de la frase, y tras las sexta señal subió al aire el rollo de música que habían preparado…

En el libro de Martínez están las lágrimas de Pilar Miró, el perfil de la clase política de aquella época, la cara de tontos de otros y hasta la descripción del pub El Hondingaño de Carabanchel, donde varios bebedores noctámbulos habituales, totalmente ajenos a RTVE, y uno que era un viajero hacia el gran piquete, fueron testigos juntos de un histórico corte de la señal de casi toda la televisión del país.

El autor ha hecho casi un centenar de entrevistas y ha recuperado al detalle documentos, vídeos y volantes sindicales de entonces, en muchos de los cuales estaba y está su propia mano como secretario de CCOO en RTVE y como presidente de su Comité de Empresa, que fue.

Invito a la plebe a recordar aquello con el de Nepas porque fue fruto de un esfuerzo colectivo que tuvo éxito: hubo parón de la reforma laboral de entonces y los sindicatos UGT y CCOO aumentaron su colaboración hasta la (casi) unidad sindical de las décadas que siguieron.

Inauguración en Torrespaña escultura de Augusto Arana que recuerda la huelgaAl final, me han convencido unas líneas de manera precisa y con ellas me identifico:

–Conseguimos la destitución de Pilar Miró (la teníamos entre nuestras reivindicaciones), pero salimos perdiendo porque el PSOE metió como directores generales a Luis Solana y a Jordi García Candáu…

Pilar Miró, con todos sus defectos y contradicciones, fue una mujer extraordinaria y una gran defensora del servicio público de radiotelevisión como mecanismo esencial de las democracias de verdad.

Y fue víctima de un acoso múltiple e indigno.

A quien esto firma, le honra que el 15 de agosto de 1988, algunos meses antes de la huelga, le echara una vez una bronca por el aspecto de corresponsal desaliñado y machadiano. Maldita sea, qué tiempos.

No sé si ahora podríamos pensar en un corte de mangas similar. Contra lo que creen muchos en la calle y en otros medios de comunicación, en Torrespaña y en Prado del Rey ha habido múltiples episodios de rebelión colectiva. Durante más de tres décadas, contra directivos impuestos y sus “cómo funciona esto”, que resulta ser casi siempre un paso previo de los aterrizados y manipuladores voluntarios. Una redacción rebelde, sí (ah, la guerra del Golfo).

Hoy día, tampoco estaría de más ahora, en RTVE, darle una patada en el culo a la clase política y parlamentaria. Mantienen paralizado el concurso público para elegir a la nueva dirección y para terminar con la provisionalidad de la radiotelevisión pública española. Y como aquella reforma laboral, eso es otra amenaza a la ciudadanía. Se entienda o no así. De modo que necesitamos más madera, más literatura como ésta, épica y divertida. Y desde luego otro corte de mangas por la radiotelevisión pública de todos.

 

No recuerdo quién fue el mensajero. El recuerdo es brumoso. Quizá de principios de los años 60 del siglo XX. Llegó allí cerca de las escuelas -donde estábamos jugando- y nos anunció que ya había un televisor en el pueblo. Fue impactante.

Preguntamos a quien nos había traído la enorme noticia si había podido ver algo.

-Sí, dijo emocionado, ha salido un muñeco y se ha comido una barra de chocolate.

Era un anuncio de chocolates Suchard. Supimos que la gente se agolpaba en la puerta de lo que entonces era el Bar Las Villuercas intentando entrar para atisbar cómo era la tele.

suchard

-Como un cine chiquinino-nino, dijo alguien en perfecto extremeño.

Dentro, estaba llenísimo. Los niños sólo podíamos pasar con un hombre adulto. Así que todos empezamos a buscar frenéticamente a nuestro padre respectivo.

En mi memoria quedó la fascinación por dos series estadounidenses de la televisión de aquellos tiempos: Bonanza (que después siguió en color) y Las Aventuras de Rin Tin Tin. Éste era un perro pastor que luchaba contra los malos junto al joven cabo Rusty, un niño. Yo también quería ser el cabo Rusty para tener a Rin Tin Tin cerca. Hace poco he leído un artículo retrospectivo insultando a Rusty («un niñato con chucho»), así que desconozco si debo arrepentirme de mis pecados. En todo caso, confieso que un día -hace más de treinta años- entré clandestinamente con mi colega y amiga Kathryn Hone en el cementerio de animales de Asnières, en las afueras de París, para inclinarme ante la tumba del Rin Tin Tin originario, que combatió junto a los aliados en la Primera Guerra Mundial y que era un perro francés.

En aquella televisión difusa -la de aquella época audiovisual una, grande y libre, primitiva y estricta- no había nada más que unas determinadas horas de emisión. Cuando iban a empezar los programas, había que enchufar el aparato y únicamente podía verse la carta de ajuste. Era como un anticipo de los secretos ignotos actuales de los logaritmos de Google. Un misterio profundo.

De ajuste, ¿de qué?, me preguntaba. No había mando a distancia, ni botoneo (el llamado zapping), ni posibilidad de programar nada. Algunos tenían un palo largo para tocar los botones desde su sillón.

Rin Tin Tins Grave

Tiempo después -no estoy seguro tampoco- quizá vimos allí las primeras imágenes de la guerra de Vietnam. Quizá. ¿O las vimos en el No-Do? La memoria es siempre engañosa…Y en blanco y negro, más: se confunde con la noche y con los sueños. El asesinato de John F. Kennedy, por ejemplo, lo hemos visto ya tantas veces que es imposible saber cuando fue la primera vez, ¿donde?

Madrid y Barcelona eran otra cosa, pero en el pueblo durante mucho tiempo pocas familias tuvieron un aparato de televisión que era -además de carísimo- un gran armatoste. Muchos de nuestros paisanos emigrantes traían un televisor de Francia o Alemania cuando venían de vacaciones con su automóvil de segunda mano.

Donde nací, entre los primeros particulares que tuvieron un televisor estaba don Filomeno, el cura. Quienes vivíamos al lado de su casa, podíamos instalarnos allí en ocasiones especiales, en su saloncillo. Allí pude ver una de las cogidas más graves que sufrió El Cordobés. Gran conmoción del personal. Yo tendría entonces nueve o diez años.

En aquellos días y según nos decían, el progreso estaba en marcha. Ya podíamos ver la tele en tres o cuatro bares y en una especie de sesión especial del cine de la entrañable familia Maldonado. Ponían la pequeña pantalla al fondo, pegada a la pantalla del cine. Lo veíamos chico, eso sí, desde las butacas dispuestas para la gran pantalla; pero podíamos verlo. Fantástico.

CORDOBES

Ahora, cuando paso junto al viejo cine de mi pueblo -cerrado hace tantos años- no puedo evitar una punzada en la memoria íntima, como un acecho de la nostalgia. Una sombra de paso.

Aunque también me da la risa por el recuerdo de aquel muñeco que comía chocolate como un poseso en una pequeña pantalla en blanco y negro. ¿Cuanto duraba aquel anuncio? Lo ignoro.

Dicen hoy algunos sociólogos, expertos mediáticos y psicólogos que la mayor parte de los humanos hemos perdido la capacidad de retener todo mensaje audiovisual que sobrepase los nueve segundos. Ni siquiera diez. Todo se desliza a velocidad estelar. Mueves el dedo, zas, y ya estás en otro «debate».

De modo que puede que hayamos retenido el recuerdo minimalista de aquel breve dibujo animado que servía para vender chocolate sólo porque era breve.

Acordarnos de la mueca del rostro de Lee Harvey Oswald mientras le tirotea Jack Ruby es más difícil. Fue el 24 de noviembre de 1963. Desde entonces, han pasado demasiadas noticias y demasiados anuncios por delante de nuestra vista. Demasiada televisión, quizá.

CINE

Durante las décadas transcurridas desde aquel día, muchos intelectuales han hecho de la televisión su principal bestia negra. Y atacar lo televisivo resulta chic en muchos círculos, también entre no pocos adictos televisuales de barrios pobres. Es una tentación enfermiza e interclasista. Y en ocasiones es la base del discurso y del negocio de otros (fond de commerce), como se dice en francés. A muchos de esos intelectuales les ha ido muy bien así.

Hasta que llegaron las redes sociales, la multiplicación galáctica de los rumores y la espiral de las noticias falsas. Una contrariedad notable. La vieja confusión ha aumentado de tal modo que si uno se refugia en los informativos actuales de televisión comprobamos que el descontrol sigue siendo importante. Pero menor comparado con Facebook o WhatsApp. «Ver un asesinato en televisión puede ayudar a rebajar el nivel de nuestras contrariedades. Y si no las tiene usted, los anuncios le ayudarán a tenerlas». Lo dijo el maestro Alfred Hitchcock.

¿Qué recordaremos de Donald Trump cuando hayan pasado años de su final como presidente de Estados Unidos? Quizá sólo que no se parecía para nada a John Fitzgerald Kennedy y que lo vimos en un mural –o un anuncio, no recuerdo bien- en el que Trump besaba a Vladimir Putin en la boca. Nuestra futura nostalgia será tan onírica y engañosa como nuestra memoria, irreal.

Reducir unos mil puestos de trabajo. Esa es la intención -ya expresada hace un mes- por el grupo France Télévisions (FT), la televisión nacional pública francesa que integra a France2, France3, France4, France5 y France Ô (ésta cubre los territorios y departamentos ultramarinos). El lunes pasado (14 de enero de 2018) empezó la negociación con los sindicatos.

El grupo France Télévisions, empresa mayor del servicio público audiovisual de Francia, ha firmado un acuerdo con las asociaciones y sindicatos de productores para aumentar la producción propia; pero también para mejorar la explotación de sus programas en línea.

En Bélgica, dos polémicas recientes y entrecruzadas -ambas surgidas en las radiotelevisiones públicas- han atizado el debate social sobre el racismo y sus orígenes. Primero, Cécile Djunga, joven presentadora de la información meteorológica en la RTBF (Radio-Télévision belge de la Communauté française, la radiotelevisión pública francófona), denunció el racismo habitual, dañino, repetitivo, del que es víctima. Lo hizo en un vídeo sencillo y bastante emotivo que hizo público en Facebook.

En Australia, también tienen que defender su radiotelevisión pública (ABC, Australian Broadcasting Corporation). Fundada en 1923, con cierta participación privada y destinada a asumir el servicio radiofónico, la ABC desarrolló años después (1956) un sistema que sumó la televisión pública a la radio. Su modelo inicial, como no podía ser de otro modo por razones culturales y políticas, fue la BBC.

El derribo de la radiotelevisión pública en Suiza habría sido un mazazo para el pluralismo y también contra la democracia en Europa. Afortunadamente, en el referéndum celebrado el 4 de marzo, los suizos –por una mayoría notable, 71,6%- han rechazado anular el canon o impuesto que pagan para el mantenimiento de los servicios públicos de radio y televisión.
Billag es el nombre del ente que organiza la percepción y el cobro del canon audiovisual en Suiza (al menos hasta 2019), de modo que la campaña para liquidar la radiotelevisión pública fue lanzada con el lema NO BILLAG.

Regreso de Andalucía tras intervenir en un congreso titulado “Frente a la brecha representativa: servicio público y activismo por la democratización de los medios”, que se ha celebrado en la Facultad de la Comunicación de la Universidad de Sevilla (15-17 de marzo de 2017). Me habían propuesto que hablara en la conferencia de clausura de los ‘retos de las noticias del servicio público’.

Lo que sigue, más o menos, es el resumen de mis propuestas a los asistentes, muchos de ellos alumnos de dicha Facultad:

Otra encrucijada incierta para el sistema audiovisual europeo. Se trata ahora de Euronews, esa cadena europea (o paneuropea) que emite en más de una docena de idiomas. Funciona desde 1993 y tiene su sede en la ciudad francesa de Lyon. Fue impulsada por lo que podríamos llamar “efecto CNN”. Porque tras el impacto que tuvieron los directos de la cadena estadounidense de información continua en la guerra del Golfo (la de 1990-91), diez radiotelevisiones públicas (entre ellas RTVE) crearon Euronews. De esas diez, nueve eran europeas (ERTU, egipcia, estaba también).

Dondequiera que voy, sintonizo una radio local para la información. La convierto con rapidez en mi emisora de cabecera. La radio sigue siendo, de lejos, el medio más eficaz y más rápido. Ya sé que puedo seguir escuchando por internet emisoras españolas, francesas o BBC World, como de costumbre. Pero eso ya lo hacía en el siglo XX con las ondas cortas, largas y medias.

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