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Por una televisión cultural

Hace unos años publiqué un pequeño ensayo sobre las relaciones entre la cultura y el entonces (y aún ahora, pese a internet) más poderoso medio de comunicación de masas (Cultura y televisión. Una relación de conflicto. Gedisa) en el que, entre otras cosas, trataba de buscar una explicación razonable a la ausencia de lo que se entiende por cultura en la programación de la práctica totalidad de las cadenas de televisión españolas.

Dejando a un lado el concepto de la misma televisión como medio de cultura de masas y de que una parte de los programas que se emiten sean considerados como tales (películas, series, dibujos animados…), en ese escrito me refería en realidad a la ausencia de programas de artes plásticas, de literatura, de música, de teatro… así como de informativos que abordasen el hecho cultural de la misma manera que existen para disciplinas como deportes, sociedad, política o asuntos del corazón. A excepción de los espacios culturales de La 2 de TVE y de otros tantos de las televisiones públicas de algunas comunidades autónomas (sobre todo de las que tienen un segundo canal), el resto de televisiones no emitían entonces ni emiten ahora (incluyendo la amplia oferta de la Televisión Digital Terrestre) ningún programa que se pueda considerar cultural en el sentido al que aquí me refiero.

En principio puede parecer sorprendente que un medio que nació con todas las condiciones a su favor para convertirse en una formidable herramienta de divulgación cultural y que en sus primero años apuntaba hacia ese objetivo como una de sus prioridades, haya prácticamente erradicado de sus contenidos de programación (si exceptuamos los mencionados espacios puntuales de algunas cadenas públicas) todo aquello que se pueda identificar como cultura. La presencia de la cultura en las televisiones europeas ha sido uno de los fenómenos más interesantes del medio en relación con la programación y el nacimiento de nuevos géneros televisivos. Fenómenos como el de los presentadores Bernard Pivot en Francia, con programas como “Apostrohes” y “Bouillon de culture”, o el de Marcel Reich Ranicki en Alemania con “El cuarteto literario” son ejemplos de hasta dónde se puede llegar en contenidos, creatividad, impacto social  e interés educativo con programas realizados por buenos profesionales y en los que la imaginación y la puesta en escena no necesitan de grandes inversiones económicas para ser social e incluso económicamente rentables.

Es frecuente la crítica a la televisión actual unida al elogio a la programación de otras épocas en las que nuestra televisión pública produjo una serie irrepetible de excelentes programas culturales como “Encuentros con las letras”, “Alcores” o “A fondo”. Eran los años de la transición política, en los que la televisión era un poderoso instrumento para mostrar los cambios que experimentaba el país. En esos años la televisión utilizó también el potencial de la ficción para producir discursos culturales e ideológicos y asentar los valores simbólicos de la democracia recién estrenada, al mismo tiempo que para romper tabúes sociales fuertemente asentados (legalización de partidos políticos, aceptación social de temas como el divorcio y el aborto, asunción de nuevos usos culturales, etc.). Series como “Fortunata y Jacinta”, “La Regenta”, “La forja de un rebelde”, etc. ayudaron a cohesionar políticamente el país, mientras con “La saga de los Rius”, “Cañas y barro” o “Los gozos y las sombras” se buscaba una adhesión emocional de los espectadores a las señas de identidad de las nuevas Comunidades Autónomas. Fue antes en los espacios de ficción que en los informativos donde comenzó a filtrarse cierta realidad aún no consentida y donde los programadores encontraron una coartada culturalista para explicar la España real, tratando de introducir a través de la ficción lo que la censura y la manipulación informativa hurtaban a la opinión pública. Además, la televisión de la transición, en la ficción más que en los informativos, fue una aliada excepcional de la literatura a la hora de ganar lectores, de reactivar nuevos gustos narrativos y de despertar interés por la realidad inmediata.

Pero lo alarmante es que, ante la falta de contenidos culturales en la televisión actual, el elogio y la nostalgia se extiendan también a la programación “cultural” de la televisión del franquismo, con el recuerdo de las obras teatrales de “Estudio 1” o de las adaptaciones de obras literarias para espacios como “Los libros” o “Novela”, sin tener en cuenta la fuerte censura que se imponía en la selección de las obras adaptadas y en el tratamiento de los temas y el lenguaje, aunque los adaptadores consiguieran transgredirla en ocasiones a través del tratamiento de contenidos y la alteración de desenlaces: la aceptación del adulterio sin castigo en “Casarse pronto y mal” de Larra, la del suicidio en “La Celestina” de Fernando de Rojas, la homosexualidad en “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde, la asunción del aborto en “La abadesa preñada”, de Gonzalo de Berceo… burlando a una censura que creía que los clásicos garantizaban la asepsia ideológica.

Para finalizar, si es verdad que hay que elogiar la actual programación cultural de La 2 de TVE, convertida en una cadena de contenidos culturales y de servicio público, con excelentes programas documentales e informativos, se echa de menos la presencia de contenidos culturales diseminados a lo largo de la programación de otras cadenas (para que La 2 no se convierta en un gheto de elitismo cultural) y una mayor presencia en los telediarios de la actividad cultural no relacionada con la industria. Es también sorprendente que, con raras excepciones, ninguna televisión privada haya contado en su programación, desde su aparición hace ya más de 20 años, con ningún espacio de información cultural. Y es escandalosa la ausencia de una cadena dedicada a la cultura en la amplia oferta de la TDT.

Modificado por última vez enSábado, 09 Marzo 2013 03:34
Francisco R. Pastoriza

Profesor de Información cultural de la Universidad Complutense de Madrid

 

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